Enseñar es, poco a poco, volverse innecesario.
Quizá deberíamos preguntarnos más a menudo:
¿Estoy enseñando para que me necesiten o para que dejen de necesitarme?
Y cuando llegue el momento, ¡hazlo!:
Enseñar es, poco a poco, volverse innecesario.
Quizá deberíamos preguntarnos más a menudo:
¿Estoy enseñando para que me necesiten o para que dejen de necesitarme?
Y cuando llegue el momento, ¡hazlo!:
En la escuela y en casa lo vemos a diario. No es que nuestros alumnos e hijos no puedan atender, jugar, conversar o frustrarse; es que no les dejamos entrenar esos músculos invisibles. Les damos atajos para todo y el cerebro, que es muy listo, aprende el camino corto. Y el camino corto, cuando se convierte en costumbre, ya no es un camino; es una autopista que evita el esfuerzo, la curiosidad lenta, la pregunta que madura y profundiza.
Lo más importante es darnos cuenta de que avanzamos a pesar de las taras y de que, muchas veces, avanzamos gracias a ellas, porque nos obligan a aprender, a insistir, a pedir ayuda, a conocernos, a regularnos, a crecer. No se trata de esconderlas, se trata de reconocerlas, aceptarlas y progresar desde lo que nos aportan. Los grandes avances personales, las conquistas internas, los descubrimientos más profundos no siempre nacen de lo que nos sale bien; nacen de lo que nos duele, nos cuesta o nos limita. La neurociencia nos lo recuerda: el cerebro humano se moldea con la experiencia y son precisamente los desafíos y los errores los que más fortalecen las conexiones neuronales (Dweck, 2006). Aceptar la imperfección no es conformarse, es crecer desde la realidad.
El talento es aquello que a nuestros alumnos se les da bien. Aquello que les enciende. Aquello que hacen con una naturalidad que a veces ni ellos valoran. Eso sí, hemos de saber que el talento no siempre grita. A veces susurra. Y necesita un adulto que se agache a escucharlo.
Descubrir ambas cosas es clave para ayudar a nuestros alumnos a desarrollar sus posibilidades personales, intelectuales, sociales y morales. Para ello, hemos de tener clara la inmensidad del verbo educar.
Y para que un niño pueda llegar a ser, hay algo que necesita con urgencia y que no se mide con exámenes:
No hablo en este caso del Intelligence Quotient (Cociente Intelectual), hablo de sentirse Importante y Querido.