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jueves, 19 de febrero de 2026

CUIDADO CON LA TECNOLOGÍA SSC (SIN SENTIDO COMÚN)


No es que la tecnología sea mala.
Lo malo es el uso sin pausa; el uso sin causa.

Luego nos extraña que les cueste
mirar a los ojos, sostener una espera,
habitar el aburrimiento.

Cuando el móvil lo hace todo,
el niño aprende a no hacer nada.

No les generemos necesidades innecesarias,
urgencias inventadas.

Te pido que te quedes un ratito respirando con estas líneas entre las manos, como quien sostiene una taza caliente en invierno. Sí, la tecnología es herramienta, puente, ventana, pero también puede volverse muleta antes de tiempo, ruido de fondo, un “chupete digital” que tapa lo que incomoda: el silencio, la espera, la rabieta, el "estoy enfadado", el “no sé qué hacer”…

En la escuela y en casa lo vemos a diario. No es que nuestros alumnos e hijos no puedan atender, jugar, conversar o frustrarse; es que no les dejamos entrenar esos músculos invisibles. Les damos atajos para todo y el cerebro, que es muy listo, aprende el camino corto. Y el camino corto, cuando se convierte en costumbre, ya no es un camino; es una autopista que evita el esfuerzo, la curiosidad lenta, la pregunta que madura y profundiza.

La tecnología SSC (Sin Sentido Común) llega, muchas veces, sin hacer ruido. Entra en los hogares como un regalo para estar localizables; como una solución para que no se aburran; como un parche para que coman tranquilos; como una rendija por la que se cuela la trampa del apresuramiento. Llega cuando les damos un móvil antes de tiempo y con barra libre de Wifi, como quien entrega un coche con el depósito lleno a alguien que aún no ha aprendido a conducir. Llega cuando, como familias, nos quejamos porque en la escuela se usa un dispositivo digital con intención pedagógica para desarrollar la competencia digital, con acompañamiento, límites y sentido, pero al salir del aula les ponemos un móvil en la mano y les dejamos total libertad, sin semáforos, sin mapas y sin conversación. Llega cuando usamos la tecnología para distraer y no para aprender; cuando buscamos silencio y ofrecemos pantalla; cuando queremos calma rápida y regalamos estímulo continuo. Llega cuando dejamos que el algoritmo eduque en la sombra aquello a lo que no le dedicamos tiempo para educar en la luz. Llega cuando el dispositivo ocupa los huecos de la vida: el viaje en coche, la sala de espera, el rato antes de dormir, la comida, el paseo, el “me aburro", el “me siento solo”. Llega cuando lo digital sustituye lo vital.

¿Y qué provoca la tecnología SSC? Provoca, primero, una deuda silenciosa con lo humano. Si cada emoción difícil se tapa con un vídeo, el niño aprende a no transitarla. Si cada espera se rellena con scroll, aprende a no esperar. Si cada conversación se interrumpe por una notificación, aprende que la presencia es opcional. Si el aburrimiento se anestesia siempre, la creatividad no encuentra su puerta de entrada. Entonces, poco a poco, aparece ese cansancio raro: mucho estímulo y poca satisfacción; mucha pantalla y poca paz. A veces, se vuelve más difícil conciliar el sueño, sostener la atención, tolerar la frustración, regular la conducta, encontrar juego espontáneo, mirar a los ojos sin sentir que falta algo. Y no es porque la tecnología lo estropee todo, sino porque desplaza lo que construye: descanso, actividad física, juego libre, conversación, lectura reposada, vínculos, interacción cara a cara.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Academia Americana de Pediatría (AAP) llevan años insistiendo en algo que suena simple y, sin embargo, nos cuesta practicar: en la infancia, más que “tiempo de pantalla” necesitamos “tiempo de vida”: vida en movimiento, vida en relación, vida con rutinas que cuidan el sueño y con espacios para el jugar. (OMS, 2019; AAP, recomendaciones sobre uso de medios en infancia). No es demonizar, es priorizar aquello que debe ser prioritario para proteger cualquier infancia.

Pero lo que más me inquieta no es solo lo que provoca en ellos, es lo que revela de nosotros, ya que la tecnología SSC no llega sola: la traemos de la mano. La colamos cuando predicamos límites y vivimos sin ellos. Cuando decimos “mírame” con el móvil en la palma. Cuando pedimos escucha y respondemos mensajes mientras nos hablan. Cuando defendemos la lectura y nuestro pulgar no descansa. Cuando les solicitamos que se regulen, pero no nos ven regularnos. Hay una verdad pedagógica tan sencilla que a veces duele: nuestros alumnos e hijos aprenden menos de lo que decimos y más de lo que hacemos. Aprenden del ejemplo como se aprende un idioma: por inmersión. Y si el idioma de casa y de la escuela es la prisa, la inmediatez, la interrupción y la pantalla como refugio, eso es lo que incorporan sin que nadie se lo enseñe.

Por eso, quizá sí, a veces hay que quitar el móvil, no solo a los niños, también a los adultos. No como castigo, más bien como gesto de higiene emocional. Como quien abre ventanas. Como quien devuelve el silencio a su lugar. La atención es un regalo caro y, cuando la regalamos a la pantalla, se la estamos quitando a alguien. Y si algo está claro es que sin atención no se puede enseñar ni aprender.

Ahora bien, también existe la otra cara: la tecnología CSC (Con Sentido Común). La que me gusta. La CSC llega cuando la tecnología se usa como herramienta y no como niñera o como aparca niños. Cuando el dispositivo tiene un “para qué” claro, un tiempo acotado y una persona adulta cerca. Llega cuando en la escuela se usa para crear, investigar, comunicarse y aprender con criterio; cuando una tablet no es un sedante tecnológico, sino un cuaderno de exploración; cuando se hace una búsqueda guiada para contrastar fuentes, hablar de desinformación, practicar la ciudadanía digital y aprender a cuidar la huella que se deja; cuando se utiliza para apoyar la inclusión (lectura accesible, apoyos visuales, herramientas de comunicación); cuando se programa de manera sencilla para entender que la tecnología no solo se consume, también se construye. Llega cuando se trabaja la competencia digital como se trabaja la lectoescritura: paso a paso, con acompañamiento, con propósito, con mirada ética.

La tecnología CSC llega a los hogares cuando el móvil aparece en el momento adecuado y con normas comprensibles y coherentes y con un padre y/o madre disponible. Llega cuando hay espacios sagrados sin pantallas: la mesa, el dormitorio, la conversación importante, el ratito antes de dormir; cuando el ejemplo sostiene el límite. Llega cuando se pacta un plan familiar de uso: horarios, contenidos, lugares, tiempos de descanso y, sobre todo, una idea importante de fondo: la tecnología no nos manda, nos sirve. Llega cuando jugamos con ellos sin necesidad de grabarlo todo, cuando salimos al parque sin el piloto automático del móvil, cuando decimos “ahora lo dejo” y lo dejamos de verdad. Llega cuando usamos la tecnología para aprender juntos: un tutorial para construir algo con las manos, un audio para escuchar un cuento, una videollamada con los abuelos, una foto para documentar un proyecto… y luego el móvil vuelve a su sitio, como vuelve el martillo a la caja de herramientas después de clavar la punta que le tocaba clavar. Llega cuando sabemos que su infancia se va si un móvil, antes de tiempo, les das. Llega cuando nos damos cuenta de que hacen falta más límites y menos pantallas.

Me gustaría que nos lleváramos una idea sencilla y exigente: no se trata de quitar la tecnología; se trata de devolverla a su sitio.

Que sea herramienta y no muleta.
Que sume vida y no la devore.
Que acompañe y no gobierne.

Y que nuestros alumnos e hijos aprendan, desde pequeños,
que la vida florece en todo su esplendor cuando la pantalla está en off.

Eso sí, seamos honestos: pedimos mucho y estamos dando poco; pedimos a la infancia una autorregulación que el mundo adulto no muestra. Y es aquí donde aparece otra tarea educativa urgente: enseñar y enseñarnos a habitar el mundo digital sin que él nos habite a nosotros; enseñar y enseñarnos a distinguir: 
uso de abuso; 
herramienta de dependencia; 
conexión de sustitución.

Me gustaría que, al leer esto, no nos quedemos en la culpa. La culpa paraliza. Podemos defender que en el aula se use la tecnología con sentido pedagógico y, a la vez, proteger a la infancia de la hiperconexión temprana a la que la sociedad nos empuja. Podemos recuperar el aburrimiento como gimnasio creativo y la espera como entrenamiento de la paciencia.

En muchas ocasiones, imagino que la tecnología es fuego.
Calienta si la ponemos en un lugar controlado y adecuado;
en cambio, quema si la dejamos suelta.

lunes, 13 de octubre de 2025

NO ES UN MÓVIL LO QUE LE REGALAS... ES MUCHO MÁS


A cualquier padre o madre:

Crees que le regalas un teléfono móvil a tu hijo, pero, en realidad, 
le estás regalando tu hijo, y su infancia, al teléfono móvil.

Las palabras son pequeñas llaves que abren grandes puertas. Y esta frase, que no es solo una advertencia, sino una invitación a mirar más allá de la pantalla, abre una puerta urgente: la de la infancia que se va diluyendo entre notificaciones, algoritmos y pantallas encendidas a todas horas y en todos lados. Porque sí, el móvil llega envuelto en una caja, pero también en una trampa. Una que no se ve a simple vista, pero que atrapa sin avisar y que nos lleva a que se nos pasen las historias de nuestros hijos mientras miramos las historias de personas que ni conocemos.

La infancia es ese lugar mágico donde el tiempo no se debería medir en likes y sí en charcos, juegos inventados y risas verdaderas. Es un lugar que necesita aire libre, juegos en la calle, tierra en las manos, cabañas en los árboles, silencio para aburrirse y palabras para contarse. Cuando el móvil entra demasiado pronto, la infancia comienza a irse de puntillas, como si no quisiera molestar. Sucede lo que ya comenté en otro post publicado en este blog: "Su infancia se va si un móvil, antes de tiempo, les das".

Cuando regalamos un teléfono móvil, muchas veces creemos que estamos dando autonomía, pero olvidamos que la autonomía no se mide por la capacidad de desbloquear una pantalla; se mide por la capacidad de discernir, de elegir con criterio, de decir “no” cuando todos dicen “sí”. Y eso, ningún móvil lo enseña.

Los estudios son claros. Según la Sociedad Española de Pediatría, el uso excesivo de pantallas en edades tempranas se asocia con problemas de atención, dificultades en el sueño, aumento de la ansiedad y reducción de la empatía. El móvil no es neutro. Educa, moldea, transforma... incluso cuando creemos que no hace nada. Y lo más peligroso no es el contenido, es el tiempo que roba. Cada minuto en la pantalla es un minuto que no vuelve: de conversación, de aburrimiento creativo, de juego espontáneo, de mirada compartida. Es un trueque silencioso: infancia a cambio de entretenimiento inmediato.

Nos toca como familias tomar decisiones incómodas, valientes y conscientes. Nos toca no solo mirar, sino ver. Nos toca proteger la infancia, sus infancias.

Acompañar en lugar de delegar.
Supervisar en lugar de suponer.
Escuchar más y juzgar menos.
Mirar más allá del “todos lo tienen”
y preguntarnos: ¿qué necesita realmente mi hijo?

No necesitan una pantalla en sus manos; necesiten una mano que los sostenga y los acompañe mientras crecen. No necesitan guasapear sin parar y navegar a la deriva por Internet; te necesitan a ti.

No se trata de demonizar la tecnología, abogo más por humanizarla. Creo en la absoluta necesidad de poner límites no para prohibir, sino para proteger. De recordar que el cerebro de un niño necesita experiencias reales antes que estímulos virtuales. Que necesita presencia antes que pantallas. Juego libre antes que apps. Que a la alta tecnología ha de llegarse después de haber transitado y disfrutado de la baja tecnología. Que en la era de la IA (Inteligencia Artificial) hay que educar con IN (Inteligencia Natural). Un niño no necesita un móvil para ser feliz. Necesita infancia. Y la infancia no se descarga, no se actualiza... se vive. 

Acompañemos sin miedo, pero con criterio. Pongamos palabras donde otros ponen silencio. Demos tiempo en lugar de cosas innecesarias. Cuando regalamos un móvil demasiado pronto, no estamos regalando un simple aparato. Estamos cediendo un territorio que no se debería negociar: el territorio sagrado de crecer despacio a la velocidad de un abrazo.

Nos toca decidir con conciencia cuándo, cómo y para qué entra el móvil en la vida de nuestros hijos. No lo hagamos por presión, ni por moda, ni por miedo. Hagámoslo desde el amor y la responsabilidad. Hagámoslo cuando realmente estén preparados para ello, nunca antes de tiempo. Educar también es saber decir “aún no”. Y cuando ese momento llegue, no será el móvil quien les acompañe, seremos nosotros, paso a paso, mirada a mirada para que aprendan a utilizar la tecnología con criterio y no sea la tecnología quien los utilice a ellos.

Que la luz que ilumine, encienda y haga brillar el rostro 
de vuestros hijos sea la vuestra, no la de una pantalla. 

Y recuerda, la infancia no se regala. Se cuida. Se cultiva. Se celebra. Se PROTEGE.

martes, 28 de enero de 2025

EDUCANDO CON IN (INTELIGENCIA NATURAL): LÍMITES HUMANOS EN LA ERA DIGITAL


La tecnología avanza a una velocidad vertiginosa, como un tren que no se detiene. La Inteligencia Artificial es ahora su vagón más llamativo, lleno de promesas y de potencial. Sin embargo, sabemos que en ese trayecto también hay curvas cerradas y descensos vertiginosos. Ante este escenario, la escuela no puede actuar como un avestruz que esconde la cabeza bajo tierra, ignorando los desafíos que plantea esta tesitura. Debemos ser, más bien, los ingenieros que diseñan los guardarraíles de ese recorrido, marcando los límites que garantizan la seguridad y el viaje de nuestros alumnos.

Es fundamental recordar que el problema no reside en la tecnología misma, sino en el uso equivocado que a menudo hacemos de ella y en la falta de una clara regulación que proteja a la infancia hasta que estén capacitados para circular por estas carreteras. Eso sí, empecemos por el ejemplo. Los niños pocas veces escuchan lo que decimos, pero muchas veces miran lo que hacemos y lo que no hacemos. Se habla demasiado de la necesidad de quitar el móvil a los adolescentes y muy poco de lo beneficioso que sería empezar quitándoselo a los adultos.

La fascinación por lo digital no puede sustituir las experiencias humanas que nutren nuestra esencia: mirar a los ojos, tocar, dialogar, crear con las manos. La escuela debe ser ese espacio que, lejos de demonizar los avances tecnológicos, enseñe a utilizarlos, cuando llegue el momento (no antes), con criterio y responsabilidad.

Es fácil darse cuento que los algoritmos gobiernan gran parte de nuestra vida cotidiana. Nos sugieren qué ver, qué comprar, incluso qué pensar.

¿Cómo podemos proteger a las futuras generaciones para que no caigan en las trampas que estos esconden si no les explicamos cómo funcionan?

La educación en competencias digitales no es un lujo ni una asignatura más; es una necesidad urgente a la que nos debemos enfrentar.

Imagino una escuela que remanga sus mangas, que deja atrás la neutralidad cómoda y toma acción. Una escuela que no solo enseña a usar herramientas digitales, sino que forma mentes críticas capaces de analizar los contenidos que consumen. Una escuela que convierte a sus alumnos en usuarios responsables y no en víctimas pasivas de las pantallas.

Colocar guardarraíles a la tecnología y a la Inteligencia Artificial no significa rechazar su uso, sino encauzarlo. Es aprender a vivir con ellas sin perder nuestra humanidad. Es comprender que la IA, por muy inteligente que sea, nunca tendrá corazón; que su propósito debe ser complementarnos, ayudarnos, no reemplazarnos.

Como docentes, somos los responsables de diseñar estos límites. No podemos eludir nuestra tarea de educar en el mundo digital. Enseñar a nuestros alumnos a cuestionar lo que ven, a distinguir información de desinformación, a resistir la tentación de la inmediatez que todo lo promete, pero que poco ofrece.

Nuestros alumnos necesitan un equilibrio entre lo humano y lo digital, entre el mundo físico y el virtual. Necesitan aprender que, detrás de cada clic, hay una decisión; y que no todas las decisiones son inocuas. Por eso, debemos guiarlos, ayudarlos a entender que la tecnología puede ser una herramienta poderosa, pero también un arma peligrosa si no se usa correctamente y si se empieza a utilizar cuando sus cerebros no están preparados para ello.

Los guardarraíles que propongo no son rígidos, pero nos ayudan a poner los límites necesarios que marca el sentido común. Son guías que les permitirán explorar el mundo digital sin caer en sus abismos. Son luces (cortas, largas y antiniebla) que les ayudarán a distinguir el camino correcto entre las tinieblas de la sobreinformación y el brillo artificial de las pantallas.

Construyamos una escuela valiente, crítica y humana. Una escuela que, más allá de enseñar a usar herramientas, enseñe a usarlas bien cuando llegue el momento de hacerlo. Una escuela que forme a las mentes que, en el futuro, construirán nuevos caminos, nuevos trenes y horizontes.

Nuestro papel no es prepararlos para que sigan el trayecto, sino para que, algún día, sean ellos quienes diseñen los suyos propios.

Eso sí, no me gustaría finalizar este post sin antes aportar 10 ejemplos prácticos de cómo empezar a crear estos guardarraíles en la escuela en esta era digital que estamos transitando:

1. Educación en pensamiento crítico sobre algoritmos:

Introducir talleres donde los alumnos exploren cómo funcionan los algoritmos y por qué las plataformas digitales nos recomiendan ciertos productos, vídeos o noticias. Por ejemplo, se podría analizar cómo YouTube o TikTok priorizan determinados contenidos, reflexionando sobre cómo esto influye en nuestras decisiones y gustos. Una actividad podría consistir en crear un "algoritmo ficticio" que ellos mismos diseñen, explicando qué factores priorizarían si fueran programadores.

2. Charlas y debates sobre ética digital:

Crear espacios de diálogo para discutir temas como la privacidad, la desinformación y el impacto de la tecnología en nuestras relaciones. Por ejemplo, analizar casos reales de noticias falsas, rastrear su origen y debatir las consecuencias de su difusión. Otro tema clave podría ser la inteligencia artificial: ¿es ética su aplicación en ciertos ámbitos? ¿Cuáles son sus riesgos?

3. Aprender a gestionar la identidad digital:

Incluir en el currículo sesiones prácticas sobre cómo cuidar su huella digital. Enseñarles a proteger sus datos personales, configurar adecuadamente la privacidad en redes sociales y entender que todo lo que publican deja una marca permanente. Una actividad práctica podría ser auditar juntos perfiles ficticios de redes sociales, evaluando qué información podría ser peligrosa compartir y qué imagen proyecta.

4. Fomentar el uso creativo de la tecnología:

Utilizar herramientas tecnológicas para proyectos que combinen lo digital con lo humano. Por ejemplo, diseñar un blog de aula, un cortometraje o un podcast, donde los alumnos aprendan a producir contenido significativo y no solo consumirlo. Esto les ayuda a comprender que las tecnologías no son solo entretenimiento, sino también medios para crear, comunicar y compartir ideas con propósito.

5. Desarrollar competencias digitales a través de retos colaborativos:

Diseñar actividades como "Escape rooms digitales" donde los alumnos tengan que resolver enigmas utilizando herramientas tecnológicas, evaluando la calidad de fuentes, colaborando en línea y respetando las normas éticas del uso digital. Estas experiencias enseñan a manejar la tecnología a la vez que les ayuda a trabajar en equipo y a tomar decisiones informadas.

6. Implementar pausas tecnológicas conscientes:

Enseñar a los alumnos a equilibrar el tiempo frente a las pantallas con actividades analógicas. Crear horarios o dinámicas como "x horas sin pantallas" durante el día, invitándolos a reflexionar sobre cómo se sienten antes y después de desconectarse. Relacionar esto con la importancia de descansar para evitar la fatiga digital y mejorar la atención.

7. Formación docente continua en tecnología e IA:

Los guardarraíles no pueden construirse si los docentes no están preparados. Ofrecer formación constante sobre herramientas digitales, análisis crítico de contenidos y nuevas aplicaciones de la IA es imprescindible. Esto nos permitirá a los profesores guiar con seguridad a nuestros alumnos, utilizando ejemplos reales y estrategias prácticas en el aula.

8. Proyectos de alfabetización mediática con las familias:

La educación digital debe incluir a las familias como aliadas. Organizar talleres donde padres e hijos aprendan juntos sobre el uso responsable de las tecnologías, reconociendo señales de abuso digital o desinformación. Una actividad práctica podría ser un "Desafío familiar sin pantallas" o “Fin de semana pantallas 0”, donde se animen a encontrar alternativas a la tecnología durante un fin de semana y reflexionen sobre la experiencia.

9. Evaluaciones diversificadas para evitar el abuso tecnológico:

Diseñar evaluaciones y actividades que no dependan exclusivamente de plataformas digitales o aplicaciones. Aunque estas herramientas son útiles, es crucial mantener un equilibrio que no convierta la tecnología en el único medio para demostrar aprendizajes. Incluir tareas prácticas, debates, juegos o proyectos artísticos que complementen las evidencias digitales.

10. Promover valores digitales:

Establecer un código de ética digital en la escuela que todos conozcan y respeten, enfatizando la importancia del respeto, la empatía y la responsabilidad en el uso de las tecnologías. Este código puede incluir compromisos concretos, como no compartir información falsa, no publicar nada sin consentimiento y no usar dispositivos en horarios no permitidos.


Estos diez simples ejemplos son algunos de los posibles rieles que garantizarán un trayecto seguro y enriquecedor en el uso de la tecnología y de la IA, ayudando a que los alumnos las vean como herramientas que potencian sus capacidades en lugar de limitar su humanidad.

¡¡Eduquemos con IN (Inteligencia Natural)!!

Diseñemos los guardarraíles necesarios para establecer límites humanos en la Era Digital.

jueves, 29 de febrero de 2024

SU INFANCIA SE VA SI UN MÓVIL, ANTES DE TIEMPO, LES DAS

La infancia es el patio en el que jugaremos el resto de nuestra vida; la casa que siempre habitaremos.

¿Queremos que la infancia de nuestros niños y niñas sea más fugaz de lo que ya lo es? ¿Queremos que se les vaya antes de tiempo? 

Su infancia se va si un móvil, antes de tiempo, les das.

Su infancia se va cuando dejan de jugar y una pantalla empiezan a observar.

Su infancia se va si cara a cara dejan de dialogar y se dedican a chatear y wasapear.

Su infancia se va cuando en el parque ya no quedan y en línea se empiezan a conectar.

Su infancia se va cuando sin wifi no saben estar y su creatividad se empieza a marchitar.

Su infancia se va cuando viajan secuestrados por una película o por una consola y se olvidan de cantar y de contemplar lo que hay más allá de la ventana.

Su infancia se va cuando antes de lo permitido abren TikTok o Instagram y la naturaleza dejan de visitar.

Su infancia se va cuando a Google todo van a buscar y las preguntas y respuestas propias empiezan a escasear.

Su infancia se va cuando todo el día con la tablet están y a los ojos se dejan de mirar.

Su infancia se va cuando con los videojuegos se comienzan a obsesionar y del "pilla pilla" o del escondite empiezan a pasar.

Su infancia se va cuando dejan de disfrutar de la belleza de la vida y solo están preocupados de retransmitirla. 

Su infancia se va cuando con un dispositivo digital se van a acostar y es lo primero que miran al despertar.

Su infancia se va cuando la tecnología los consigue aislar y no son capaces de hacer y mantener amigos en la vida real.

Su infancia se va cuando el móvil omnipresente está y a él pueden acceder en cualquier momento y desde cualquier lugar.

Su infancia se va cuando del entorno que les rodea dejan de disfrutar y les cuesta salir del mundo virtual.

Su infancia se va cuando les cuesta resolver cualquier desafío intelectual y a Internet siempre recurren para intentarlo solucionar.

Su infancia se va cuando sin conocimiento alguno empiezan a navegar y en el inmenso mar de la Red van a naufragar.

Su infancia se va cuando con extraños empiezan a chatear y engañados, manipulados y extorsionados serán.

Su infancia se va cuando ven lo que no deben ver a su edad y normalizan lo que no es normal.

Su infancia se va cuando a través de las redes construyen su identidad y piensan que a más likes más van a gustar.

Su infancia se va cuando con emoticonos todo expresan y se olvidan de la importancia de abrazar de verdad.

Su infancia se va cuando los placeres cotidianos empiezan a "pantallizar" y se olvidan de ver, oler, saborear, tocar y escuchar.

Su infancia se va cuando ya no se saben controlar y no son capaces de desconectar.

Su infancia se va cuando consiguen un sobresaliente en "Habilidades virtuales" y suspenden en "Habilidades sociales".

Su infancia se va cuando sin estar preparados un teléfono mal llamado "inteligente" les pones en las manos.

Su infancia se va cuando utilizamos la tecnología como chupete emocional y los hacemos dependientes y esclavos de ella.

Su infancia se va si como madre, padre o educador no asumes tu responsabilidad y atento no estás.

Su infancia se va cuando ejemplo al respecto no das y haces lo contrario de lo que insistes en predicar.

Su infancia se va cuando nadie habla a la hora de comer y cenar y una televisión roba las miradas y las palabras; cuando la caja tonta todo lo acapara.

Su infancia se va cuando enciendes muy a menudo una pantalla y a la vez, sin darte cuenta, a ellos los apagas.

Su infancia se va y muchas cosas importantes se perderán.

Su infancia se va y no volverá jamás.

Su infancia se va y durante toda su vida, para bien o para mal, les acompañará.

Su infancia se va y con ella, quizás, algo más.

Tú verás.


La infancia necesita menos pantallas que los silencien

y más adultos que les ayuden a comprender lo que sienten.