
Juliette y yo haciendo kayac por la Costa de Granito Rosa - Julio 2026
El otro día, haciendo kayak por la Costa de Granito Rosa, en la Bretaña francesa, iba observando a mi hija pequeña, Juliette. Mientras yo veía rocas, agua y un paisaje precioso, ella parecía estar viendo mucho más. Descubría formas donde yo solo veía piedras. Imaginaba animales, caras y personajes escondidos entre las rocas. Se adentraba en mundos submarinos fascinantes. Se sorprendía con cada rincón, señalaba, inventaba, preguntaba… Como si aquel lugar no estuviera hecho únicamente de granito y agua, sino también de otras muchas posibilidades; posibilidades que yo no veía.
Mientras la miraba mirar, pensé en algo que cada vez tengo más claro: crecer no debería significar dejar de asombrarnos. Entonces vino a mí una convicción que rápidamente apunte en el bloc de notas de mi teléfono móvil:
No son los niños quienes tienen que aprender a mirar como nosotros;
somos nosotros quienes necesitamos volver a mirar como niños.
En nuestro mundo adulto, la realidad puede convertirse en una condena, pero en el mundo de los niños, la realidad es un territorio infinito de posibilidades.
Nosotros nos quedamos en casa cuando llueve; ellos quieren salir a mojarse.
Nosotros avistamos un charco; ellos ven un océano que atravesar o una piscina en la que chapotear.
Nosotros sujetamos un palo; ellos sujetan una espada o una varita llena de poderes.
Nosotros llenamos cajas vacías; ellos construyen una casa, un cohete o un castillo.
Nosotros caminamos sobre las baldosas sin mirarlas; ellos caminan sobre lava o sobre el mismo cielo.
Nosotros divisamos nubes; ellos descubren un dragón, un elefante, un barco, una ballena…
Nosotros observamos una piedra; ellos encuentran un tesoro que merece ser guardado en el bolsillo.
Nosotros vemos las cosas como son; ellos todavía conservan la capacidad de imaginar todo lo que podrían llegar a ser.
Nosotros necesitamos que todo tenga una utilidad; ellos solo necesitan que algo tenga una posibilidad.
No les expliquemos demasiado pronto que el palo solo es un palo, que la caja solo es una caja, que las nubes son únicamente nubes y que las baldosas están hechas para caminar sobre ellas. Ya tendrán tiempo de hacerse adultos y de darse cuenta de que crecer consiste, demasiadas veces, en ir cerrando posibilidades. No condenemos su imaginación por culpa de la realidad percibida por nosotros.
Mientras tanto, dejémosles mojarse. Dejémosles saltar. Dejémosles mirar las nubes. Dejémosles guardar piedras en los bolsillos. Dejémosles convertir cajas en cohetes y charcos en océanos. Dejémosles sujetar varitas mágicas. Dejémosles inventar el mundo antes de que el mundo les diga cómo tiene que ser.
Y, eso sí, de vez en cuando, mirémoslo nosotros también a través de sus ojos. Quizás descubramos que aquella nube sí se parecía a una ballena. Que aquel palo podía ser una espada. Que aquel charco merecía ser saltado.