jueves, 19 de febrero de 2026

CUIDADO CON LA TECNOLOGÍA SSC (SIN SENTIDO COMÚN)


No es que la tecnología sea mala.
Lo malo es el uso sin pausa; el uso sin causa.

Luego nos extraña que les cueste
mirar a los ojos, sostener una espera,
habitar el aburrimiento.

Cuando el móvil lo hace todo,
el niño aprende a no hacer nada.

No les generemos necesidades innecesarias,
urgencias inventadas.

Te pido que te quedes un ratito respirando con estas líneas entre las manos, como quien sostiene una taza caliente en invierno. Sí, la tecnología es herramienta, puente, ventana, pero también puede volverse muleta antes de tiempo, ruido de fondo, un “chupete digital” que tapa lo que incomoda: el silencio, la espera, la rabieta, el "estoy enfadado", el “no sé qué hacer”…

En la escuela y en casa lo vemos a diario. No es que nuestros alumnos e hijos no puedan atender, jugar, conversar o frustrarse; es que no les dejamos entrenar esos músculos invisibles. Les damos atajos para todo y el cerebro, que es muy listo, aprende el camino corto. Y el camino corto, cuando se convierte en costumbre, ya no es un camino; es una autopista que evita el esfuerzo, la curiosidad lenta, la pregunta que madura y profundiza.

La tecnología SSC (Sin Sentido Común) llega, muchas veces, sin hacer ruido. Entra en los hogares como un regalo para estar localizables; como una solución para que no se aburran; como un parche para que coman tranquilos; como una rendija por la que se cuela la trampa del apresuramiento. Llega cuando les damos un móvil antes de tiempo y con barra libre de Wifi, como quien entrega un coche con el depósito lleno a alguien que aún no ha aprendido a conducir. Llega cuando, como familias, nos quejamos porque en la escuela se usa un dispositivo digital con intención pedagógica para desarrollar la competencia digital, con acompañamiento, límites y sentido, pero al salir del aula les ponemos un móvil en la mano y les dejamos total libertad, sin semáforos, sin mapas y sin conversación. Llega cuando usamos la tecnología para distraer y no para aprender; cuando buscamos silencio y ofrecemos pantalla; cuando queremos calma rápida y regalamos estímulo continuo. Llega cuando dejamos que el algoritmo eduque en la sombra aquello a lo que no le dedicamos tiempo para educar en la luz. Llega cuando el dispositivo ocupa los huecos de la vida: el viaje en coche, la sala de espera, el rato antes de dormir, la comida, el paseo, el “me aburro", el “me siento solo”. Llega cuando lo digital sustituye lo vital.

¿Y qué provoca la tecnología SSC? Provoca, primero, una deuda silenciosa con lo humano. Si cada emoción difícil se tapa con un vídeo, el niño aprende a no transitarla. Si cada espera se rellena con scroll, aprende a no esperar. Si cada conversación se interrumpe por una notificación, aprende que la presencia es opcional. Si el aburrimiento se anestesia siempre, la creatividad no encuentra su puerta de entrada. Entonces, poco a poco, aparece ese cansancio raro: mucho estímulo y poca satisfacción; mucha pantalla y poca paz. A veces, se vuelve más difícil conciliar el sueño, sostener la atención, tolerar la frustración, regular la conducta, encontrar juego espontáneo, mirar a los ojos sin sentir que falta algo. Y no es porque la tecnología lo estropee todo, sino porque desplaza lo que construye: descanso, actividad física, juego libre, conversación, lectura reposada, vínculos, interacción cara a cara.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Academia Americana de Pediatría (AAP) llevan años insistiendo en algo que suena simple y, sin embargo, nos cuesta practicar: en la infancia, más que “tiempo de pantalla” necesitamos “tiempo de vida”: vida en movimiento, vida en relación, vida con rutinas que cuidan el sueño y con espacios para el jugar. (OMS, 2019; AAP, recomendaciones sobre uso de medios en infancia). No es demonizar, es priorizar aquello que debe ser prioritario para proteger cualquier infancia.

Pero lo que más me inquieta no es solo lo que provoca en ellos, es lo que revela de nosotros, ya que la tecnología SSC no llega sola: la traemos de la mano. La colamos cuando predicamos límites y vivimos sin ellos. Cuando decimos “mírame” con el móvil en la palma. Cuando pedimos escucha y respondemos mensajes mientras nos hablan. Cuando defendemos la lectura y nuestro pulgar no descansa. Cuando les solicitamos que se regulen, pero no nos ven regularnos. Hay una verdad pedagógica tan sencilla que a veces duele: nuestros alumnos e hijos aprenden menos de lo que decimos y más de lo que hacemos. Aprenden del ejemplo como se aprende un idioma: por inmersión. Y si el idioma de casa y de la escuela es la prisa, la inmediatez, la interrupción y la pantalla como refugio, eso es lo que incorporan sin que nadie se lo enseñe.

Por eso, quizá sí, a veces hay que quitar el móvil, no solo a los niños, también a los adultos. No como castigo, más bien como gesto de higiene emocional. Como quien abre ventanas. Como quien devuelve el silencio a su lugar. La atención es un regalo caro y, cuando la regalamos a la pantalla, se la estamos quitando a alguien. Y si algo está claro es que sin atención no se puede enseñar ni aprender.

Ahora bien, también existe la otra cara: la tecnología CSC (Con Sentido Común). La que me gusta. La CSC llega cuando la tecnología se usa como herramienta y no como niñera o como aparca niños. Cuando el dispositivo tiene un “para qué” claro, un tiempo acotado y una persona adulta cerca. Llega cuando en la escuela se usa para crear, investigar, comunicarse y aprender con criterio; cuando una tablet no es un sedante tecnológico, sino un cuaderno de exploración; cuando se hace una búsqueda guiada para contrastar fuentes, hablar de desinformación, practicar la ciudadanía digital y aprender a cuidar la huella que se deja; cuando se utiliza para apoyar la inclusión (lectura accesible, apoyos visuales, herramientas de comunicación); cuando se programa de manera sencilla para entender que la tecnología no solo se consume, también se construye. Llega cuando se trabaja la competencia digital como se trabaja la lectoescritura: paso a paso, con acompañamiento, con propósito, con mirada ética.

La tecnología CSC llega a los hogares cuando el móvil aparece en el momento adecuado y con normas comprensibles y coherentes y con un padre y/o madre disponibles. Llega cuando hay espacios sagrados sin pantallas: la mesa, el dormitorio, la conversación importante, el ratito antes de dormir; cuando el ejemplo sostiene el límite. Llega cuando se pacta un plan familiar de uso: horarios, contenidos, lugares, tiempos de descanso y, sobre todo, una idea importante de fondo: la tecnología no nos manda, nos sirve. Llega cuando jugamos con ellos sin necesidad de grabarlo todo, cuando salimos al parque sin el piloto automático del móvil, cuando decimos “ahora lo dejo” y lo dejamos de verdad. Llega cuando usamos la tecnología para aprender juntos: un tutorial para construir algo con las manos, un audio para escuchar un cuento, una videollamada con los abuelos, una foto para documentar un proyecto… y luego el móvil vuelve a su sitio, como vuelve el martillo a la caja de herramientas después de clavar la punta que le tocaba clavar. Llega cuando sabemos que su infancia se va si un móvil, antes de tiempo, les das.

Me gustaría que nos lleváramos una idea sencilla y exigente: no se trata de quitar la tecnología; se trata de devolverla a su sitio.

Que sea herramienta y no muleta.
Que sume vida y no la devore.
Que acompañe y no gobierne.

Y que nuestros alumnos e hijos aprendan, desde pequeños,
que la vida florece en todo su esplendor cuando la pantalla está en off.

Eso sí, seamos honestos: pedimos mucho y estamos dando poco; pedimos a la infancia una autorregulación que el mundo adulto no muestra. Y es aquí donde aparece otra tarea educativa urgente: enseñar y enseñarnos a habitar el mundo digital sin que él nos habite a nosotros; enseñar y enseñarnos a distinguir: 
uso de abuso; 
herramienta de dependencia; 
conexión de sustitución.

Me gustaría que, al leer esto, no nos quedemos en la culpa. La culpa paraliza. Podemos defender que en el aula se use la tecnología con sentido pedagógico y, a la vez, proteger a la infancia de la hiperconexión temprana a la que la sociedad nos empuja. Podemos recuperar el aburrimiento como gimnasio creativo y la espera como entrenamiento de la paciencia.

En muchas ocasiones, imagino que la tecnología es fuego.
Calienta si la ponemos en un lugar controlado y adecuado;
en cambio, quema si la dejamos suelta.