Imagen dibujada y post escrito con IN (Inteligencia Natural)
De vez en cuando pienso que nos hemos complicado demasiado la vida con esto de la innovación educativa. Hablamos de metodologías revolucionarias, de "ABX" por doquier, de herramientas de última generación y de grandes transformaciones. Parece que, para innovar, tenemos que idear algo que nadie haya ideado antes; parece que tenemos que volver a inventar la rueda. Y, sinceramente, creo que no hace falta, que basta pon ponerle ruedas a una maleta.
En 1970, Bernard Sadow tuvo una idea tan sencilla como brillante. Observó cómo los trabajadores de un aeropuerto transportaban grandes cargas sobre plataformas con ruedas mientras los viajeros cargaban con sus pesadas maletas. Ante dicha situación, él se hizo una pregunta: ¿por qué no poner ruedas a las maletas? No inventó la rueda. Tampoco inventó la maleta. Simplemente unió dos cosas que ya existían para solucionar un problema cotidiano.
Para mí, eso también es innovar: mirar lo de siempre con ojos diferentes.
En educación nos ocurre algo parecido. En demasiadas ocasiones buscamos la innovación tan lejos que no vemos las oportunidades que tenemos delante de nuestras narices. Bastan algunos ejemplos:
Una asamblea puede convertirse en un espacio donde los niños, además de hablar, toman decisiones. Un pasillo puede dejar de ser un lugar de paso para convertirse en un lugar de aprendizaje. Una pregunta puede transformar una ficha aburrida en una investigación apasionante. Un error puede pasar de ser algo que simplemente corregimos a convertirse en una oportunidad para aprender.
No habremos inventado nada, pero habremos cambiado mucho. Hay que ser conscientes de que innovar no consiste necesariamente en hacer cosas nuevas, sino en hacer mejor las cosas que tenemos que hacer.
Aquí quiero detenerme en algo que considero fundamental:
No todo lo nuevo es bueno, ni todo lo antiguo es malo.
No todo lo nuevo es mejor, ni todo lo antiguo está pasado de moda.
No todo lo nuevo merece estar dentro del aula, ni todo lo antiguo debe ser sacado de ella.
Hay prácticas educativas que llevan décadas funcionando y que no necesitan ruedas, pantallas ni fuegos artificiales. Necesitan tiempo, cuidado y sentido común. También hay otras que llevan demasiados cursos pidiéndonos a gritos un pequeño cambio. Recuerdo que, en ocasiones, he dedicado más tiempo a preparar una actividad supuestamente innovadora que a preguntarme si realmente ayudaba a mis alumnos a aprender. Ahí está la trampa: confundir el envoltorio con el regalo.
Debemos medir siempre la innovación por lo que transforma,
no por lo que sorprende; no por lo que deslumbra.
Una herramienta digital no convierte automáticamente una clase en innovadora. Igual que poner una pantalla delante de una explicación interminable no convierte esa explicación en una experiencia de aprendizaje.
A veces, innovar es apagar la pantalla y encender una conversación. Cambiar diez ejercicios repetitivos por una buena pregunta. Dejar de dar todas las respuestas para permitir que nuestros alumnos encuentren algunas. Escuchar más y explicar menos.
Tengo cada vez más claro que la innovación educativa necesita menos escaparates y más miradas. Menos pirotecnia TPM y más pequeñas luces que iluminen los problemas reales. Quizá la verdadera innovación empiece por ahí. Por observar; por escuchar; por detectar lo que pesa, lo que sobra, lo que dificulta aprender; y por atrevernos a hacer algo para mejorarlo.
¡No necesitamos convertir cada clase en un espectáculo ni reinventar la escuela cada lunes! Necesitamos escuelas que avancen sin olvidar lo que importa. Docentes que se atrevan a cuestionar sus rutinas sin despreciar su experiencia. Alumnos que aprendan más y mejor, no simplemente de otra manera.
Por eso, cuando hablamos de innovación educativa, yo propondría hacernos tres preguntas muy sencillas:
1. ¿Qué problema queremos resolver?
2. ¿A quién va a ayudar este cambio?
3. ¿Qué mejorará realmente?
Si no encontramos respuestas claras, puede que no estemos innovando; puede que solo estemos cambiando las maletas de color.
Por último, me gustaría dejar claro que innovar también es simplificar y aprender a descartar. Quitar peso. Abrir caminos. Hacer que lo difícil resulte un poco más fácil y que lo cotidiano tenga un poco más de sentido. Y, sobre todo, recordar que:
La mejor innovación no es la que hace brillar al docente, sino la que ayuda a crecer al alumno.
La verdadera innovación sabe que enseñar es, ante todo, producir aprendizaje.
Así que, antes de buscar la próxima gran revolución educativa, te propongo algo mucho más sencillo: mira tu aula, observa a tus alumnos y descubre qué pequeña mejora podría marcar una gran diferencia para que sean la mejor persona que puedan ser; para que aprendan todo lo que puedan aprender.
