domingo, 3 de mayo de 2026

NIÑOS QUE SON OCÉANOS OBLIGADOS A ENCOGERSE EN VASOS DE AGUA


A veces, cuando entro en el aula y observo en silencio, tengo la sensación de estar rodeado de océanos. Océanos inquietos, curiosos, profundos, llenos de vida. Océanos que preguntan, que sienten, que imaginan, que crean. Océanos que, sin embargo, en demasiadas ocasiones intentamos contener en pequeños vasos de agua. Creo firmemente que cuando hacemos esto, ocurre lo inevitable: el océano se agita y lo hace porque no hay nada más doloroso, ni más invisible, que pedirle a alguien que sea menos de lo que es.

Un niño no puede ser lo que es si siempre les estamos recordando lo que no es.

Vivimos en una escuela que, en muchos momentos, confunde orden con silencio, aprendizaje con mera repetición y éxito con uniformidad. Y así, sin darnos cuenta, vamos estrechando los márgenes; vamos reduciendo la amplitud; vamos diciendo, sin palabras: “no seas tanto”, "no seas", "no".

Nuestros alumnos son un océano por descubrir. Cuando alguno de ellos no encaja, cuando se mueve demasiado, cuando pregunta sin parar, cuando sueña despierto, cuando se emociona con intensidad… quizá no siempre haya un problema. Quizá lo que hay es una inmensidad de vida, de creatividad y de curiosidad desbordándose en un espacio demasiado pequeño.
 
Construir escuelas estandarizadas con metodologías y evaluaciones estandarizadas para dar respuesta a la diversidad es una verdadera absurdidad.

Eso sí, el “vaso de agua” no es solo el sistema. También somos nosotros, cuando etiquetamos; cuando comparamos; cuando corregimos más de lo que acompañamos; cuando criticamos más de lo que valoramos; cuando pretendemos que todos naveguen al mismo ritmo y por la misma ruta; cuando siempre priorizamos el resultado sobre el proceso; cuando nos olvidamos de mirar y de escuchar... Sin embargo, también somos quienes podemos ensanchar ese vaso.

Para mí, educar es un acto de expansión, no de contracción ni de reducción.

Es mirar a cada alumno y cuestionarse: ¿qué océano hay aquí que todavía no he sabido ver? Es preguntarse menos “¿qué le pasa?” y más “¿qué necesita?”. Es entender que la diversidad puede representar un reto a gestionar, pero que, sobre todo, es una riqueza a abrazar.

Atender la diversidad desde la estandarización no es inclusión, es contradicción.

Cuando un niño siente que puede ser, empieza a florecer. Y cuando florece, todo cambia. El aula se convierte en un lugar vivo. El error deja de ser miedo y pasa a ser el inicio de un largo camino. La diferencia deja de incomodar y empieza a enseñar. 

Hay una idea que no dejo de repetirme:

Cada vez que un niño se encoge para encajar, la educación pierde sentido.


¿Y qué podemos hacer?

Abrir espacios. Ensanchar mentes. Escuchar más. Etiquetar menos. Confiar. Acompañar. Mirar de verdad.

Saber que dentro de cada niño hay una inmensidad esperando ser vista.


La pregunta final para cerrar este post es inevitable:

¿Estamos educando para contener o para liberar?