He escrito este post escuchando "Santiago" de Ludovico Einaudi. Os recomiendo leerlo con ella de fondo.
Las 8 Tes son estas: Todos Tenemos Talentos Tremendos y Todos Tenemos Taras También.
Somos luz y sombra,
claridad y niebla,
fuerza que impulsa
y carga que pesa.
Cada niño (y cada adulto) porta una mochila doble:
- Talentos que esperan ser vistos.
- Taras (dificultades) que piden comprensión y acompañamiento.
Lo más importante es darnos cuenta de que avanzamos a pesar de las taras y de que, muchas veces, avanzamos gracias a ellas, porque nos obligan a aprender, a insistir, a pedir ayuda, a conocernos, a regularnos, a crecer. No se trata de esconderlas, se trata de reconocerlas, aceptarlas y progresar desde lo que nos aportan. Los grandes avances personales, las conquistas internas, los descubrimientos más profundos, no siempre nacen de lo que nos sale bien; nacen de lo que nos duele, nos cuesta o nos limita. La neurociencia nos lo recuerda: el cerebro humano se moldea con la experiencia y son precisamente los desafíos y los errores los que más fortalecen las conexiones neuronales (Dweck, 2006). Aceptar la imperfección no es conformarse, es crecer desde la realidad.
El talento es aquello que a nuestros alumnos se les da bien. Aquello que les enciende. Aquello que hacen con una naturalidad que a veces ni ellos valoran. Eso sí, hemos de saber que el talento no siempre grita. A veces susurra. Y necesita un adulto que se agache a escucharlo.
La tara es aquello que les cuesta. Aquello que les bloquea. Aquello que les hace saltar, huir, apagarse o ponerse una armadura. Las taras no son una condena, son un punto de partida. Un “aquí necesito a alguien”.
Cuando solo vemos talentos, exigimos.
Cuando solo vemos taras, reducimos.
Pero cuando vemos talentos y taras,
hacemos lo que de verdad cambia vidas:
acompañamos.
Descubrir ambas cosas es clave para ayudar a nuestros alumnos a desarrollar sus posibilidades personales, intelectuales, sociales y morales. Para ello, hemos de tener clara la inmensidad del verbo educar.
Educar no es solo enseñar contenidos;
educar es hacer de cada Rodrigo el mejor Rodrigo que Rodrigo pueda ser;
educar es apoyar a Juncal para que se convierta en la mejor Juncal de todas las Juncales posibles;
educar es ayudar a los alumnos a poner nombre a sus sombras
y a descubrir que las sombras no apagan la luz, que solo la hacen más visible;
educar es ayudar a mirar hacia dentro;
educar es mostrar que no hace falta ser perfecto para ser valioso;
educar es enseñar a volar, incluso con piedras en los bolsillos;
educar es enseñar a ser, no solo a saber.
Y para que un niño pueda llegar a ser, hay algo que necesita con urgencia y que no se mide con exámenes:
Alcanzar un alto grado de IQ.
No hablo en este caso del Intelligence Quotient (Cociente Intelectual), hablo de sentirse Importante y Querido.
Un niño que se siente importante se atreve.
Un niño que se siente querido lo intenta.
Un niño que se siente Importante y Querido aprende mejor,
se equivoca sin miedo y crece con raíces.
Por eso, al final, todo vuelve a lo esencial: debemos sentir amor por lo que hacemos, pero sobre todo, amor por las personas con las que hacemos lo que hacemos. Sin amor no hay aprendizaje. Y sin relaciones humanas profundas, no hay escuela que valga la pena.
¿Y qué pasa cuando conocemos sus talentos y sus taras?
Pasa mucho. Pasa que la mirada se afina, el trato se personaliza, el vínculo se fortalece y la enseñanza se humaniza. Pasa que dejamos de hablar de alumnos ideales para mirar, de verdad, a los alumnos reales. Y entonces, florecen porque todos, absolutamente todos, tienen algo que los hace extraordinarios y algo que los hace vulnerables.
Cuando aceptamos nuestras taras, nuestros talentos se sienten en casa.
Recuerda:
A nadie se le da todo bien, pero a todos se nos da bien algo.
Descubrámoslo y potenciémoslo.